Para algunas mujeres, la confirmación de la menopausia supone un alivio notable; representa decir adiós definitivamente a los sangrados regulares, a las molestias continuas y a los vaivenes del ciclo. Sin embargo, el escenario es radicalmente distinto para quienes conviven con patologías complejas como la endometriosis. En estos casos, el cese de la función ovárica rara vez llama a la puerta a su debido tiempo: a menudo viene impuesto por un quirófano o por medicación, alterando por completo la progresión biológica habitual.
Lejos de ser algo puntual que ocurre de un día para otro, la menopausia constituye una transición prolongada. A la etapa previa se la conoce como perimenopausia, puede abarcar casi una década y viene cargada de alteraciones físicas que el entorno tiende a menospreciar o normalizar en exceso. Ahora bien, cuando este proceso se acelera de golpe, ya sea por la extirpación de los anejos o por un fallo ovárico temprano, el golpe metabólico y anímico resulta infinitamente más duro de encajar.
Las estadísticas y la literatura clínica demuestran que someterse a una histerectomía total (extrayendo también los ovarios) aboca directamente a una menopausia quirúrgica. Asimismo, perder tejido ovárico tras operar un quiste o sufrir una torsión acelera inexorablemente el reloj biológico. Ante esta realidad, los especialistas advierten de una deficiencia notable en la práctica médica habitual: la falta de soporte integral y de acceso ágil a las terapias hormonales necesarias para paliar el shock endocrino que sufren estas pacientes.