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FEMINISMO

La misoginia institucional de la medicina moderna

Foto de la autora

Ana Ferrer

Presidenta de Endosur Fem

Activista de trinchera por la salud de las mujeres con una larga trayectoria de lucha colectiva a sus espaldas. Socia fundacional de Endosur Fem bajo una convicción innegociable: nuestros cuerpos se niegan a seguir siendo el margen de error de un sistema androcéntrico y el vertedero de la negligencia institucional. La medicina será feminista o no será medicina.

El espejismo de las cifras: cuando la estadística miente para callarnos

Dicen que entre siete y doce años. Esa es la horquilla de tiempo que, según dictan, se tarda en diagnosticar a una mujer de endometriosis. Nosotras mismas, en ocasiones, lo repetimos como un mantra insidioso porque es la cifra que se nos da, alternando a veces con esa otra media oficial de ocho a diez años.

Pero toca detenernos y lanzar la pregunta incómoda: ¿quién lo dice? Lo dicen las autoridades sanitarias, lo repiten los gestores públicos, lo avala la Organización Mundial de la Salud y, al final, lo asume todo el mundo. Oficialmente, esa es la verdad inamovible. Sin embargo, nosotras sabemos que esa cifra es una falacia. Lo sabemos desde el primer instante en el que te pones en primera línea del activismo y comienzas a escuchar y atender a las mujeres que el sistema desecha.

Cuando bajas a la realidad material de nuestras vidas, esas cifras oficiales saltan por los aires. Nos encontramos con demoras de catorce, de veinte, de treinta y cinco años. Nos topamos de bruces con mujeres que logran ponerle nombre a su dolor al filo mismo de la menopausia; una menopausia que, lejos de ser el alivio prometido por una medicina androcéntrica, jamás mejora sus síntomas.

Y aquí radica la perversión del sistema. Se aferran a los siete, a los diez, a esa media de nueve años. Son cifras redondas, asépticas, que no sabemos de dónde salen. Porque la cruda realidad es que ni en España, ni en la inmensa mayoría del mundo, existe un censo oficial de pacientes de endometriosis. Nunca lo ha habido. Las mismas instituciones que cuestionan sistemáticamente la prevalencia de nuestra patología, infradiagnosticando y tirando a la baja el número real de afectadas, afirman paradójicamente conocer con total certeza el tiempo exacto que tardamos en ser diagnosticadas.

Las administraciones se conforman con esa cifra. Y cuidado con esto, porque es aquí donde asoma la verdadera cara de la violencia institucional. Que un sistema sanitario conforme y normalice que una mujer deba pasar más de una década peregrinando de consulta en consulta, suplicando ser creída en busca de un diagnóstico, evidencia perfectamente cuánto, cómo y qué le importa la salud de las mujeres al mundo: absolutamente nada.

Psiquiatrizar el dolor: la receta para las «flojitas»

Mientras hablamos, en este preciso milésimo de segundo, hay una mujer en una sala de espera de algún hospital de Andalucía, o de cualquier rincón del país, muerta de dolor. Y lo que le espera al otro lado de la puerta de la consulta no es una cura, es un dictamen psiquiátrico. Le van a decir que es ansiedad. Le van a recetar conformismo y le van a invalidar la realidad orgánica de su propio cuerpo. Le van a preguntar qué vino a hacer a este mundo si es tan «flojita», si no sabe que la regla duele. Y así, esa mujer va a gastar una década entera de su vida peregrinando entre cinco, seis o diez especialistas diferentes, tragando diagnósticos de «histeria» contemporánea, hasta que el dolor insoportable por fin reciba un nombre clínico. Hasta que por fin le confirmen que su cuerpo estaba siendo devorado por dentro por una endometriosis profunda, o una adenomiosis. Y para cuando llegue ese diagnóstico, la enfermedad ya habrá hecho estragos, porque claro, «no parecía para tanto». Y la gran solución médica, el gran remedio que aún perdura en el siglo XXI, será sugerirle que se quede embarazada. «Ten un hijo, a ver si se te pasa». Sin respetar la libertad de elección conquistada en el derecho español, sin respetar la evidencia científica que lo desmiente y sin respetar a la propia especie equiparando a medicamento de posología ligera una vida humana. Nos diagnostican la maternidad como si fuera un simple ibuprofeno. Venimos a este mundo a parir, a sufrir, a aguantar, y a complacer al sistema patriarcal y al mundo con nuestra sagrada misión de incubadoras. Hemos avanzado poquísimo para lo mucho que nos venden que hemos cambiado.

La trampa ginecocéntrica y el papel mojado de la «buena praxis»

Nos enfrentamos a una estructura que financia y garantiza sin pestañear la erección masculina, pero que psiquiatriza nuestro sufrimiento. Una jerarquía política que se niega a ver a la mujer como un organismo completo, sometiéndonos a una visión ginecocéntrica absolutamente obsoleta.

Basta con mirar las guías clínicas vigentes en España: la Guía Nacional de 2013, que es tan antigua y nos queda tan lejos que parece grabada en piedra, o la Guía Andaluza de 2018, actualización con pocos cambios de la de 2009. Ambas siguen empeñadas en describirla endometriosis – por falta total de actualización- como una «enfermedad ginecológica». Lo hacen con una ceguera deliberada, ignorando que la propia OMS ya la definió claramente como lo que es: una enfermedad multisistémica, crónica, inflamatoria, progresiva y de probable origen inmunológico.

Pero aquí viene la gran burla final, la humillación absoluta. Estas guías, por muy arcaicas que sean, recogen sobre el papel unos mínimos de buena médica. Sin embargo, resulta que son textos no vinculantes. Son meras recomendaciones, papel mojado que te tiran a la cara en los hospitales, los especialistas o el propio gobierno autonómico, escudándose tras el grito cínico y corporativista de: «No estamos obligados».

Paremos un segundo a analizar la monstruosidad de esta premisa. Si confiesan sin pudor que no están obligados a seguir la buena praxis, ¿qué nos están diciendo? ¿Están asumiendo y legitimando la mala praxis? Si la guía no les obliga legalmente a tratarnos con el rigor que exige nuestro cuadro clínico, ¿qué es lo que reclaman? ¿Tienen licencia para dañar? ¿Tienen, por omisión y negligencia, licencia para matar? Es la impunidad institucionalizada operando a plena luz del día sobre nuestros cuerpos.

Y para el patriarcado médico, lo único importante de la mujer sigue siendo su capacidad reproductiva. Somos vasijas ambulantes cuyo único fin es proveer placer y parir. Este mismo reduccionismo es el que ha perpetuado durante décadas el error garrafal con el mal llamado SOP (Síndrome de Ovario Poliquístico). Una auténtica patinada médica que se ha asumido hasta este mismo año, cuando por fin se le ha cambiado el nombre a SOMP (Síndrome Ovárico Metabólico Poliendocrino).

Porque no, la raíz del problema nunca fueron unos quistes en los ovarios; era, y es, un desastre metabólico y poliendocrino con peligros sistémicos gravísimos que los manuales decidieron ignorar. Nos trataron a todas como ovarios defectuosos o úteros averiados en lugar de pacientes completas, destrozando la salud mental y la confianza de generaciones de mujeres, recetándoles, desde la propia atención primaria y si derivación a ginecología, la píldora anticonceptiva a los 15 años como quien da un caramelo para tapar un síntoma que nadie quiere investigar.

Ratones macho, mujeres esclavas y el esperpento de la píldora

Y no, esto no es una metáfora. La ginecología moderna no nació en un laboratorio aséptico y neutral para el bienestar de la humanidad —a veces dudo si nos consideraban humanas—, sino del cuerpo mutilado de mujeres negras esclavizadas. Nació de Anarcha, y de tantas otras, a las que James Marion Sims —ese sádico al que la historia cínicamente bautizó como el «padre de la ginecología»— abrió en canal más de treinta veces sin anestesia. ¿La justificación de este carnicero? Una premisa supremacista y misógina: que las mujeres negras no sentían el dolor igual.

A ellas las usaron como carne de matadero experimental para luego, una vez perfeccionada la técnica quirúrgica de las fístulas, aplicarla con anestesia y todo el cuidado del mundo en las mujeres blancas de clase alta. Y este es el genocida que cimentó la especialidad que hoy nos atiende. Es impresionante lo bien que se llevan Patriarcado y Capitalismo, son como gemelos separados al nacer.

La medicina actual se presenta como una ciencia objetiva y aséptica, pero arrastra el mismo pecado original. La historia clínica de las mujeres es una historia de exclusión deliberada. Hasta 1986, y con regulaciones más estrictas que duraron hasta 1993, la propia FDA estadounidense prohibió que las mujeres en edad fértil participaran en las fases tempranas de los ensayos clínicos. La excusa oficial era «proteger la fertilidad». La traducción real, la que se oculta bajo esa pátina de falso proteccionismo paternalista, es que nuestro cuerpo resultaba demasiado caro de investigar; que nuestras fluctuaciones hormonales, intrínsecas a nuestro ciclo menstrual, encarecían y complicaban enormemente los estudios, haciéndoles perder un dinero y un tiempo que prefirieron ahorrarse eliminándonos de la ecuación. Éramos un riesgo económico y una vasija que no se podía tocar, importando más el bolsillo de la industria y un potencial feto inexistente que la vida de la mujer enferma.

¿Y cuándo sí les interesó probar fármacos para nuestros cuerpos? Cuando se trató de la píldora anticonceptiva, ese gran hito de la supuesta liberación que, en un giro de guión que roza el esperpento, llegó a ensayarse en hombres. Hombres que, poseedores de un sistema hormonal radicalmente opuesto y más simple que el mecanismo de un chupete en comparación al nuestro, se prestaron a unas pruebas preliminares de las que, afortunadamente y para alivio de la comunidad científica, tenemos que decir que resultaron ser todo un éxito, ya que, milagrosamente, ninguno de ellos se quedó embarazado.

Tras esta burla metodológica, y viendo que necesitaban probar la toxicidad real en cuerpos femeninos sin asumir responsabilidades legales ni éticas, fue cuando dieron el salto y no tuvieron reparos en experimentar masivamente, allá por los años 50, con mujeres empobrecidas en Puerto Rico. Las utilizaron como auténticas cobayas de laboratorio, negándoles información sobre los efectos secundarios letales y brutales que estaban sufriendo, todo para lanzar un producto del mercado a nuestros cuerpos con el mínimo control.

Y la farsa continúa hoy. En pleno siglo XXI, la investigación biomédica de primer nivel sigue utilizando sistemáticamente ratones macho. ¿El motivo? Evitar de nuevo las «interferencias» de las fluctuaciones hormonales femeninas. Para la ciencia, la biología del macho es la norma, la constante universal, el ser humano por “defecto”. Nuestro cuerpo, el cuerpo XX, con esa doble X tan significativa, que representa a más de la mitad de la población mundial, no es un sujeto de estudio: es una molestia metodológica, una variable que es mejor extirpar.

No nos faltan datos, nos sobra misoginia institucional. El sistema no está roto, está funcionando exactamente como lo diseñaron: para que nosotras dudemos de nuestra propia cordura mientras ellos cuadran sus balances económicos y escriben los manuales médicos.

Pero se acabó. No vamos a seguir alimentando sus estadísticas falsas, ni a encogernos en las salas de espera, ni a permitir que reduzcan nuestra biología a un trámite burocrático en una guía caducada que ni siquiera se dignan a cumplir.

Nuestra Fuerza comienza donde el Silencio termina.

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